Las fotos de Ruben Brulat nos transportan a un tiempo en el cual el hombre ya se ha vuelto precario. Imágenes de un augur parisino y la más remota soledad.Las imágenes tienen el conmovedor poder de evocar ideas sin decir palabras. Una serie de imágenes pueden dar movimiento a la idea original para generar una historia. Es fácil encontrar historias en las series fotográficas de
Ruben, pequeñas formas narrativas que evocan sentimientos de fragilidad, pequeñez, vida y muerte. El cuerpo desnudo del artista, minúsculo en la inmensa intemperie, relata la irrevocable soledad del último hombre y el infinito potencial del primero.
Así, la presencia de este ente desprotegido se mantiene como constante que resemantiza sus escenarios para resignificar su propio lugar en el mundo. “Los humanos son parte de la naturaleza”, explica Ruben, “y necesitamos entender cómo comportarnos con ella. Yo necesitaba representar no a un sólo individuo; este cuerpo humano necesitaba ser como cualquier otro. Por eso me volví hacia su lado bestial. Necesito mostrar esto para expresar que el hombre puede estar en simbiosis, pero también en completa disociación. Que es capaz de responder no sólo a sus necesidades, sino a las de toda la vida que lo rodea y de donde alguna vez él emergió.”

Las series que se ocupan de estos retratos son sus dos últimas. Por un lado, Immaculate contrasta la fragilidad desnuda con el escenario inhóspito de un distrito comercial deshabitado, cuando la cáscara urbana muestra su corazón inhabitable. Por el otro, la serie Primates devuelve al hombre a la naturaleza, con los mismos tintes espirituales y contrastes entre inmensidad y despojo humano con el que
Tarkovski hizo su film,
Stalker. En este caso, la referencia no es vana: “Stalker es una de mis películas favoritas. El talentoso Tarkovski es uno de los directores más brillantes, capaz de sumir tu mente en emociones profundas, no sólo superficiales. De hoy en día, amo a los
hermanos Coen,
Gus Van Sant y
Soderbergh. Con ellos te podes sentar a mirar una película y sabés que te van a llevar a un lugar que no esperabas.”
Hace apenas dos años que compró su primera cámara fotográfica, y una inevitable evolución técnica se aprecia en sus trabajos. Sin embargo, el punto de vista técnico no es para él más que uno de los caminos para abordar sus ideas. “La fotografía no es más que una herramienta. Con lo que tengo una relación intensa es con mis convicciones y con las cosas sobre las que necesito hablar. Desde hace algún tiempo que tengo esta energía y dos años atrás encontré la forma de canalizarla en fotografías que expusieran mi punto de vista. El crecimiento técnico sólo acorta la distancia entre lo que tengo en la cabeza y sus límites.”

Su método también lleva implícita la historia de su realización. Ruben trabaja solo. Él se encarga de encontrar los lugares indicados, preparar la cámara, configurar el timer, quitarse la ropa y correr entre el frío, la oscuridad y el agua para posar en sus imágenes. Hay cierto sentido ritual, casi chamánico, en todo el proceso. Conectarse con otra realidad es, en cierta forma, conectarse con el lado oculto de nuestro propio mundo. “Yo uso la realidad, porque nunca transformo lo que retrato en mi trabajo. Siempre uso algo que existe. Así creo fotografías que llevan a un concepto, que a su vez tomo de la gente. Observándolos todos los días, mirándote, intentando entender. Me fascina todo lo vivo y su comportamiento”.

Sea cual sea la historia detrás de Ruben y las ideas que intenta expresar, su forma de hablar de ellas es tan extraña como fascinante. Su lenguaje despojado y temprano lo pinta como un hombre póstumo a la humanidad, como un sacerdote profano en un mundo sin Creador. Invita al misterio, como su propia obra.
Texto por Oscar Gomez Poviña @ VNFOLD